¿Alguna
vez has perdido el tiempo pensando en cómo funcionará la sexualidad de las
ovejas? A veces me quedo embobada pensando en cómo serán sus desvaríos hormonales a la hora de enamorarse y decidir por quién van a perder cada
centímetro de lana de su esponjoso cuerpo de oveja. Esponjoso como las nubes,
indomables y vaporosas; a veces me pierdo entre ellas buscando pájaros de color
rojo, para que den color a este vestido de tirantes que llevo como piel, cada
día más desteñido y deshilachado, que empieza a picar. Pica de extrañeza, de
nostalgia, de curiosidad por no haber conocido la época en la que aún estaba
todo por descubrir, donde las drogas siempre daban color, donde la música te
rizaba el pelo de todo el cuerpo, donde el amor era intenso y nadie hacía que
te dejaras la lana en ninguna valla metálica. Siempre he pensado que a mí me
han secuestrado de otro tiempo pasado.
Nunca me han dado miedo las alturas, pero sí
los vacíos. Mi total indiferencia a la idea de construir un rascacielos encima
de un elefante se compensa con el terror absoluto que siento a los vestidos que
no dejan asomar los pies, al núcleo de la tierra y a los hormigueros. El mundo
es tan complicado como la relación que tengo con mamá, al mundo le da igual que
nos hundamos. Un día puedo ser la reina del baile, y sin darme cuenta me
convertiré, en años que pasan como segundos, en la reina de mi propio
hundimiento, con corona, con bastón y con ocho millones de preguntas sin
resolver que acentuarán mi caída en picado. Pero no puedo culpar a nadie, ni
siquiera a los que inventaron la contabilidad del tiempo; no puedo gritar a
nadie para que me lance una cuerda, porque el mundo forma parte del mundo, y ni
si quiera los monstruos de mis pesadillas tienen la culpa de que a mí me duela
el cerebro.
Por esto existe la maldad.
Todos los disparos y golpes son las
consecuencias de un agudo dolor de cerebro. Las personas no sabemos convivir
gracias a la estupidez que se nos ha sido otorgada, pero sí aprendemos
rápidamente a diferenciar entre clases sociales, a desconfiar y a odiar con
todas las fuerzas que nuestro cascarón humano sin lana esponjosa nos permite. En
nuestra naturaleza existe también un profundo deseo de salir corriendo y huir
de nosotros mismos, de ponernos ropa cinco tallas más grande y correr mientras
el viento nos azota, moviéndonos de un lado a otro e incitándonos a una
rebelión contra natura. El problema es que existen demasiadas opciones para
huir de nuestros pensamientos y dolores, y pocas veces acertamos a la vez.
Nadie mira por la raza humana, ni siquiera por su propio país; hemos crecido
con una filosofía errónea que nos incita a pensar como individuo, impulsando la
división, y por tanto, el dolor agudo de cerebro.
Siempre he creído en la
diversidad de opiniones, en que cada persona tenga un riff de guitarra
favorito, una visión distinta de un paseo por la playa y una piel preferida.
Pero cuando se trata de la humanidad, de la supervivencia, hay muy pocas cosas
que nos unan y hagan de nosotros un solo ente que luche por la convivencia en un
espacio reducido. Es ridículo que levantemos nuestros párpados y abramos
nuestras bocas con admiración ante una pelota que atraviesa una cesta
vertical, y aún más ridículo que aplaudamos a personas que se hacen millonarias
a costa de vendernos seguridad, corbatas limpias y viajes a la luna con buffet
libre. Parece que aún nadie nos ha enseñado que los súper héroes no existen ni
lo harán, que todo son máscaras y símbolos a los que otorgamos un poder a
ciegas; un poder que se convierte en opio maldito y nos embriaga con promesas e
inyecciones de placebo.
Hoy en día nadie valora el trabajo de los demás, pero
las tengo conmigo de que no todos lo hacemos adrede, aunque siento lástima por
las personas que editaron y produjeron cintas en VHS, intransferibles,
perfectas y vanguardistas para su tiempo; que ahora ven convertido en polvo
todo ese proceso que consiguió hacerles sentir realizado. Si actualmente no
valoramos las ideas de los demás es porque vivimos un tiempo en el que valorar
nuestras propias ideas resulta absurdo.
¿Y cómo vamos a vivir el amor igual
que hace 50 años? Me agazapo entre las sábanas pensando que entre todos hemos destruido el amor. Y eso no me deja dormir. Me requiere un proceso mental, lento, que durante horas me transporta sobre pensamientos caóticos, como la sexualidad de las ovejas lanudas y la precaria situación del mundo, que me da tanto miedo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario