sábado, 3 de enero de 2015

Estocolmo

Un día me dijiste que te daba asco verme llorar. Todo hubiera sido normal si te estuvieras refiriendo al festival de mocos y lágrimas que me recorría la cara, roja, hinchada y con una mueca de incredulidad. Pero ambos sabíamos que no. Te daban asco mis sentimientos, sólo estabas expresándote mal. Te daba asco que tuviera una respuesta fisiológica a tu tiranía, que no fuera lo suficientemente fuerte para soportar lo que vomitabas sobre mí. 

Te diré que una vez sí fui suficientemente fuerte, que una vez sí te planté cara, que una vez aguanté. Y luego otra, y después cien más. Desistí cuando me di cuenta que aquello sólo engrandecía de leña la hoguera que tenías contra mí. Y fue cuando me puse a llorar, por primera vez, delante de ti. Tu orgullo no te dejó ni acercarte, a pesar de estar presenciando cómo el mío se escapaba por mis ojos. Esperé un consuelo inexistente mientras me hacía cada vez más vulnerable ante ti. Cada segundo que pasaba notaba cómo crecías sobre mí, y lo poco que te importaba. "¿Cómo eres capaz de hacerme esto?" me gritaste, ofendido, antes de dejarme allí, con cara de confusión absoluta. No lograba entender qué estaba haciendo mal exactamente, no podía creerme que interpretaras esas lágrimas como un ataque, como un chantaje. 

Con el tiempo me acostumbré. Aguantaba esas lágrimas que tan despreciable y cruel me hacían parecer ante ti Se me encharcaban los ojos y tu "Venga, y ahora te pondrás a llorar" desencadenaba el desbordamiento. Llegó un momento en el que empecé a retirarme de tu vista cuando sabía que terminaría llorando. Y me lo agradecías. Luego volvías a buscarme, contento de no haber tenido que ver mis lágrimas; yo contenta pensando que odiabas verme sufrir. Cuando lo que en realidad estaba sucediendo es que eras tan cobarde que no, no podías verme sufrir, por ti, por tu culpa. Preferías decirme que era yo la que te obligaba a ser así, que, por consiguiente, era yo la culpable de mi propio sufrimiento. Y me lo creía. Creía merecer esa culpa que llevaba tu nombre y tú, tú me dejabas creérmelo. 

Aún dudo si soy la culpable de tu comportamiento conmigo tal y como decías, pero de lo que no dudo es de en lo que tú me has convertido a mí. Me has hecho fría, me has hecho calcular cada movimiento, me has hecho avergonzarme de tener sentimientos, me has hecho desconfiada. Me has dejado vacía de cualquier esperanza de ser querida. Me has hecho creer en un amor venenoso, ocultándome mis virtudes y realzando esos defectos que no eran más que el reflejo de los tuyos. Me has hecho daño, me has hecho llorar. He tardado en darme cuenta de que lo único malo que hice yo fue quererte como lo hice. Me dejé arrancar hasta la última entraña y cuando acabaste con todo, sin ayuda, tú solo, me fui. 

Te faltó el tiempo para decirme que cómo tenía valor para dejarte solo, que cómo era capaz de irme. Que me querías. Que era una egoísta. ¿Sabes qué? Sí, soy una egoísta. Ser egoísta es lo mejor que he podido ser en mi vida. Contigo no paraba de faltarme al respeto, a mí y a mi orgullo. Supongo que aprendí del mejor. También supongo que estabas algo confundido con respecto al querer. A mí no me supiste querer nunca. Me enamoraste, sí. Pero querer es otra historia amigo, querer es aceptar, respetar y cuidar. Si lo hubieras hecho, yo seguiría siendo la misma hoy. Y ni me parezco. 

No soy la misma que cuando te conocí. Seguramente que, gracias a ti, lo tenga muy complicado para volver a entregarme a alguien. Y que conste que no es por no sufrir. Simplemente había olvidado quererme de tanto quererte a ti, y, tengo que aprovechar. 

Así que, gracias. Gracias por todas esas veces que me has llamado inútil, imbécil, retrasada y gilipollas. Gracias por no confiar en mí, gracias por tus desprecios delante de la gente que quiero. Gracias por gritarme, por dejar que me sintiera menos a tu lado. Gracias por no tener detalles. Gracias por castigarme, gracias por atormentarme cada día. Gracias por juzgarme, gracias por compararme. Gracias por todo ese rencor que guardabas sólo para mí. Gracias por mentirme, gracias por no darme jamás las gracias. Gracias por interpretar mis problemas como estupideces, gracias por no apoyarme en mis peores momentos. Gracias por no cuidarme. Gracias por permanecer callado sabiendo que me hacías sufrir. Gracias por no tener valor para alejarte de mí. 

Gracias porque pese a tus intentos por hundirme en lo más profundo, por llevarme al pensamiento de que nadie más en la tierra, excepto tú, podría jamás quererme; he sabido meterlo todo en una caja, la he puesto al borde del lavabo y ahora, por muy pequeña que creas que me hiciste, estoy aún más arriba que tú. Pisoteando todo aquello que para mí no es más que algo que olvidar, y para ti se han convertido en montañas de remordimientos.  

Deja de exigir mi perdón cuando lo que realmente buscas es perdonarte a ti mismo. 






No hay comentarios:

Publicar un comentario