desamor
nombre masculino
1.
Falta de amor, afecto o cariño a una persona o una cosa.
2.
Sentimiento de desagrado, rechazo y repugnancia hacia una
persona o una cosa.
Es difícil hablar de amor
en un mundo tan falto de ello, y tan lleno de odio. Si tan complicado es hablar
de ello, cuán complicado es sentirlo, interpretarlo… El amor es una realidad
cuantificable que no se puede palpar, que es medida sin instrumental. El amor
es una realidad que se siente, de la que apenas sabemos nada hasta que arraiga
dentro de nosotros, pasa a formar parte de nuestra propia realidad orgánica; lo
respiramos, lo utilizamos y lo mantenemos vivo como si de una semilla se
tratara. La semilla comienza a crecer, y con ella crece nuestra sabiduría sobre
esa locura que invade nuestro ser. No hay dos semillas iguales. Cada semilla
tiene su manera de reproducirse, más deprisa, más lento… Cada semilla tiene sus
manías, su dirección, su dureza. Pero lo que sí tienen en común todas esas
semillas es su fe ciega en que permanecerán vivas para siempre, que siempre
tendrán sustento, que la única manera de crecer es hacia arriba. Que morir ahí
dentro es un fracaso. Hay semillas
empeñadas en aferrarse a esas bonitas raíces que suponen su comienzo, que se
engañan y se mantienen vivas esperando volver a ser regadas. Llega un momento en el que esa semilla
olvidada que es el amor decide abandonar su hueco, abandona sus raíces sin
arrancarlas, huye dolido dejando su sitio atrás, listo para ser ocupado de
nuevo.
Dejando sitio para el
desamor.
El desamor no es una
semilla. El desamor es una tormenta
tropical, intensa, imparable; con un sabor árido que aún así no deja de empapar
las cavidades que tiempo atrás recorría el amor. El desamor es ese constipado resistente
al antibiótico más vendido del mercado; nadie puede entender el desamor ajeno,
no es una realidad que viva más allá de nuestro fuero más interno. Se queda
dentro, recordándote que de nuevo estás solo, que no tienes ninguna semilla a
la que regar, que no hay nada creciendo dentro de ti, sino que, esas raíces que
un día fueron fuertes, empiezan a sucumbir a la tormenta y se despegan de ti,
acabando con el último rastro que el amor dejó en ti. ¿Pero no es el desamor la
prueba de que una vez hubo amor? Todos los recuerdos dolorosos por lo felices,
todos los momentos que una y otra vez pasean por nuestra retina, todos los
abrazos que recibimos y los que negamos. El desamor nos golpea con furia, como
si de un mar embravecido se tratara, como si viajáramos en un velero sin timón.
Duele.
No estoy dando gracias al
dolor, no estoy tampoco agradeciendo su llegada; pero su presencia es la única
prueba palpitante de que una vez hubo una semilla creciendo dentro de mí, que
se aferró con uñas y dientes a mi corazón, lo envolvió y lo cuidó durante tanto
tiempo.
El desamor es la prueba
irrefutable de la veracidad de los sentimientos, de su realidad, de la pureza
con la que se expresa lo que crece dentro de cada persona enamorada. La prueba
de que, eso verdaderamente era amor.
El amor nos hace sabios
mientras nos acompaña, pero es tal la desnudez cuando se aleja… A nadie le han
revelado la receta para curar el desamor, no existe truco de magia que lo cure,
ni remedios caseros. El desamor forma parte del amor. Por eso le dedico estas
palabras, por eso le doy mi propia definición, su llegada ha anunciado que todo
lo anterior fue real, que todo lo vivido formaba parte de una existencia biológica
desarrollada dentro de mí.
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