Cuando eres pequeño
tienes una mentalidad inconscientemente protectora sobre ti mismo, piensas que
todo va a ser siempre así de fácil, tus amigos, tus padres, los deberes, los
castigos… Todo. Incluso la muerte. ¿Cómo es la muerte para un niño? Cuando
tenía 10 años, la muerte para mí era simplemente una llamada telefónica al
colegio. Te sacaban al pasillo, te miraban con esa lástima con la que se mira a alguien que va a recibir un regalo de mal gusto, te daban una palmada en el
hombro (a veces se agachaban a tu altura y te abrazaban), y te decían “X ha muerto,
lo siento”; luego te pasaban el teléfono, donde estaba mamá intentando
explicarte que la muerte es algo natural y que no había que estar triste.
Según vas
creciendo, lo notas todo más cercano, el mundo aterrador de muertes y
dificultades del que se quejaban tus padres empieza a salirse cada día un poco más
de la televisión. Dejan de existir llamadas y salidas al pasillo para
explicarte que un millón de personas, todas con nombres como X, han muerto en
un accidente, o en un atentado, o de algún virus contagioso. Empiezas a palpar
el mundo tal y como es, ya no puedes colorearlo a tu antojo, ni sobrellevarlo
con un juguete nuevo. Esta ahí mismo, en la puerta de tu casa, el mundo te
atrapa y te obliga a seguir un bucle continuo, hasta que el X del teléfono
acabas siendo tú.
Y así fue como yo,
ingenua, me negué a seguir el mismo camino
que me proponía el mundo. Pensaba que la gente que atrapa el mundo es
porque espera algo de él, yo no esperaba nada del mundo. Y realmente creía que
podría elegir cuando irme. Supongo que todas las personas se plantean un camino
lleno de metas a lo largo de su vida. Y una vez completado el camino, se acabó,
triste ceremonia sin pancarta en la que rece: “Lo has conseguido.” Y eso, en mi
opinión es la mayor putada del mundo. Pero el mundo es así de cruel, y yo así
de cabezota. Al acabar la primaria me propuse no tener un fin en el camino. Lo
cual es un pensamiento altamente defectuoso, puesto que siempre había soñado
con ser veterinaria, astronauta o directora de cine. ¿Y si yo misma me estropeo
todo lo que me propongo? Resultará poco creíble, pero a día de hoy es lo único
que se me ocurre para explicar mi problema con las responsabilidades a largo
plazo.
Tampoco puede
resultar tan extraño, existen millones de personas que tienen miedo a
comprometerse con otra persona por “todo lo que se van a perder”. Pues bien, mi
miedo, mi pánico, es a comprometerme con una vida entera, a decidir en dos años
lo que voy a hacer en tres, y a vivir veinte años para conseguir lo que sólo
podré disfrutar uno. Pánico. ¿Y si elijo mal y mi verdadero camino está justo
en la dirección opuesta? No es que me de miedo enfrentarme sola a las cosas,
simplemente veo innecesarios los quebraderos de cabeza a los que me llevan las
elecciones difíciles.
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