Me gustaría medir un metro más que tú para darte un
barbillazo en la cabeza cada vez que me llamas niña, porque no lo soy. No me
puedo permitir serlo. Tengo que emplear mi tiempo en mantenerme firme, tengo
que sonreír cuando en realidad quiero encolerizarme; tengo que ocuparme de que
tú y los que me importan no sientan descuido ni rechazo. Tengo que llenar mi
mente de las pocas cosas que consiguen mantenerme lejos del ruido de mi cabeza,
siempre latente, que no me deja dormir. Con los años he perdido el miedo a todo
lo que me desvelaba, sé que el fuego quema, y lo asumo, sé que los vacíos
duelen, y lo asumo. Lo que también sé es, que aunque aceptes ciertas cosas en
tu vida, no significa que estés preparado para enfrentarte a ellas. Por ello
asumo mis miedos, pero nunca estaré preparada para meter mi mano en la chimenea
ni para saltar desde un décimo piso.
Por eso me he dado cuenta de que las peores pesadillas y los
mayores miedos para mí son las cosas que nunca voy a ser capaz de afrontar, aún
sabiendo que siempre van a estar ahí, conviviendo conmigo. ¿Te parece un
pensamiento muy infantil? Yo ya he visto cómo al crecer no pierdes el miedo. Ya
soy mayor, ya me he dado cuenta de que la vida no es más que un teatro en el
que no te da tiempo a leerte el folleto completo de los personajes; donde
explican sus miedos, sus secretos, sus proyectos… Personajes que muestran al
exterior la única parte que queda bien ante los focos, sobre el escenario, la zona
más maquillada de la cara, una obra maestra.
Todo es mentira. Toda buena cara,
y toda sonrisa, puede ocultar maldad, vergüenza, tristeza, ganas de ir al baño…
Si las personas careciésemos de ese misterio aferrado a nuestra existencia no
conoceríamos jamás la sensación en la que te sumerge el imaginar qué pensará de
ti esa persona que te atrae, o la de dudar acerca de lo que piensa tu profesor
mientras expones un trabajo. Un aburrimiento, o una población eficiente y
transparente, depende de cómo se mire. Porque sí, a veces me encantaría saber
qué piensa realmente una persona sobre la caza de ballenas, la guerra de
Vietnam y el hecho de que algunos
guiones cinematográficos sean sobrevalorados.
Curiosidades que tengo, aunque si
la vida fuese así de fácil, seguro que no lo valoraría en absoluto; me quejaría
de la sinceridad de las personas, anhelaría conocer gente egoísta, ególatra,
egocéntrica… y demás palabras que signifiquen ‘YO’. Estaría
encantada de que los demás hablasen mal de mí, acudiría a la cafetería
ilusionada por la tertulia de mis vecinas hablando de los hombres con los que
engañan a sus maridos. Si el mundo estuviese lleno de buenas personas, nos
moriríamos de ganas de conocer a verdaderos hijos de puta.
Porque esa es la
única calaña que tenemos aquí: hijos de puta, a montones. Todos y cada uno de
nosotros lleva en su interior un pequeño hijo de puta mentiroso, egoísta, calculador, envidioso y gruñón.
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